😱Las criaturas que merodean la fábrica de tejidos La Unión de El Huayco


Los Chinchilicos de la Fábrica de Tejidos La Unión de el Huayco
Cientos de historias tétricas se han tejido en torno a las criaturas que merodeaban o habitaban los alrededores y el interior de la fábrica de tejidos La Unión de El Huayco; desde duendes, fantasmas, pero sobre todo los famosos "chinchilicos" o "mukis".

Mateo recuerda que trabajaba en la turbina y en el cuarto de llaves eléctricas. Dice que por las noches y sobre todo los sábados y domingos, que trabajaban pocas personas y el silencio se adueñaba de la fábrica, se oían pasos, risas y el refunfuñar de uno y hasta tres seres descomunales. "Aparecían y desaparecían. Eran grandes, como de dos metros y otros eran muy pequeños, como niños de seis años", recuerda.

Explica que una noche, por el cansancio, se quedó dormido en la sala de llaves de la turbina y lo hizo despertar una sonora cachetada. Cuando despertó, no había nadie a su lado.
"Busqué por todo lado y no había nadie, ni siquiera detrás de la puerta. Era imposible que un charchuelo (gracioso, bromista) suba tan rápido las escaleras de la sala porque eran más de treinta peldaños. Los pelos se me pararon de punta aquella vez", rememora.

Percy nos cuenta que escuchó muchas historias sobre los chinchilicos que visitaban la fábrica. Pero confiesa haber visto también a estos personajes en los ambientes cercanos al río Chili. "Cierta vez vi a uno pasar con el mameluco que se ponía el ingeniero. Me miró muy molesto", explica.
Sus compañeros le dijeron que cuando se le presentase un chinchilico le deje coca y cigarrillos, "y así lo hice", subraya.

Confesó que a partir de ahí lo vio varias veces, siempre con el mameluco de los ingenieros, pero aparecía contento. Incluso lo vio acompañado de otro personaje de menor estatura. "Creo que salían del río y desaparecían por las rocas", puntualiza.


Roberto fue contratado para hacer limpieza en los telares (sala donde estaban instaladas las máquinas que tejían el hilo). En sus primeros días de trabajo le contaron historias de duendes que lo asustaron un poco. "Pero mi susto mayor fue un lunes", recuerda. Narró que llegó bien temprano y como nadie trabajaba, el polvo del algodón y la tierra se apreciaban más que cualquier día en el piso, los estantes y en las máquinas. Al intentar limpiar una máquina vio pisadas como de un niño de dos años, pero con huella de cuatro dedos largos. "Las pisadas también se notaban en el suelo y terminaban en una puerta", recuerda.

"Se me hizo ras el cuerpo (escalofríos) y salí despavorido del lugar", asevera.
Le contó del encuentro a un compañero de trabajo y este le dijo que debería ser fuerte para que el duende no lo vaya a "caicar" (robar su alma por el susto) y que le haga un "pago" (regalo).
Al siguiente lunes compró una cajetilla de cigarrillos Inca y lo dejó bien temprano cerca al recogedor de basura. A los minutos, los cigarros desaparecieron y escuchó voces desconocidas pero que reflejaban alegría.

"Nunca vi a un duende pero sí más pisadas en las máquinas, pero ya no sentía miedo. El pago que hice me alivió del terror que sentí la primera vez", explica.

Carlos oyó también muchas historias sobre seres extraordinarios que pululaban las zonas oscuras de la fábrica o por las noches. Recuerda que una vez, junto a sus compañeros del área de "Pabileras" empezaron a contar historias y que la chompa roja que había en cierto lugar estaba embrujada.
Incrédulos, movieron la chompa de su lugar y la llevaron al área de "coneras". Grande fue su sorpresa porque después de almorzar, retornaron y hallaron en el mismo lugar la chompa roja.

"Había un negro alto en el grupo que dijo que no creía en "cojudeces". Pero después de dos meses, en una reunión nos confesó que había retirado varias veces la chompa roja de la pared. Incluso una vez la tiró al río Chili y cuando regresó al instante a las "Pabileras", vio en el lugar de siempre la chompa roja. "Nos contó también que distinguió en una parte oscura de las "Pabileras" un ser pequeño con ojos que cambiaban de color amarillo y rojo. Se asustó y añadió que a partir de ese día sufría de pesadillas con el chinchilico. Nunca más retiró la chompa de su sitio", nos cuenta Carlos.

Adrián, también trabajó en la fábrica de El Huayco. Recuerda una anécdota espeluznante. "Era de noche y me mandaron al otro lado de la fábrica. Crucé el puente colgante y cuando quise regresar, un pequeño ser de mediana estatura cruzaba el puente hacia mi lado. ¡Me quedé paralizado!. Quise gritar, pedir auxilio y no salía mi voz. Cerré por unos segundos los ojos y cuando los abrí, ya había desaparecido. Nunca más regresé al puente por las noches", cuenta con firmeza.
Hoy en día, en horas de la noche, las personas que cruzan la avenida Ésar Moore de
la fábrica, sostienen que escuchan ruidos al interior de la fábrica.

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